Hay muchas escenas de True Blood que adoro, incluso capítulos enteros. No obstante, hoy simplemente comentaré la que para mí es una de las escenas más “humanas” y bonitas de la primera temporada: a saber, aquélla en la que Sookie, después de enterrar a su hermosa abuela, se queda a solas en su casa, abre la nevera y saca el delicioso pastel, ¡el último pastel!, que cocinó ese ser tan querido para ella. Sí, el pastel por el que horas antes estaba dispuesta a luchar con uñas y dientes con tal de que nadie lo tocara. Ceremonialmente, quita el papel transparente que lo cubre y va comiéndolo poco a poco mientras las lágrimas corren por su cara. Hay algo en la comida que desata sentimientos y emociones; creo que por eso las películas sobre cocina siempre me resultan fascinantes. Sookie ingiere y devora a su abuela, realizando al mismo tiempo una hermosa catarsis. Todo en la serie tiene ese algo primitivo y carnal que la inunda bonitamente, quizás para hacernos ver que sí, que nosotros somos tan animales como los vampiros, que también engullimos...






0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada